Según contó Charles Spencer en su conferencia Gastrophysics: The Science of Dining from Restaurant Music to Sonic Crisps (Gastrofísica: la ciencia de comer, desde la música del restaurante hasta el sonido del crujiente) los restaurantes de lujo saben bien que la música clásica consigue engrosar las cuentas de sus clientes un 10% en comida y vino que con otros estilos menos orientados a la relajación. 

En cambio, la música alta motiva a la bebida. Así lo concluyó un equipo de investigadores de la Universidad de Bretaña-Sur de Lorient Cedex, en Francia, tras observar experimentalmente en varios bares de la zona que la presencia o no de música, su ritmo e incluso los distintos estilos musicales se pueden asociar a distintos niveles de alcohol. Manipulando discretamente el volumen, vieron cómo afectaba al consumo de alcohol. Con un sonido alto, afirma el estudio, la gente está más excitada y no puede socializar, así que bebe más.