Los expertos son contundentes: en España no sabemos de cafés, aunque lo tengamos tan integrado en nuestra cultura y en nuestros hábitos de socialización diaria. Según el estudio de CICAS, nueve de cada 10 consumidores de café relacionan su ingesta con estar con gente. Pero no, cuando proponemos eso tan español de «tomemos un cafelito» no pensamos, muchas veces, en lo importante: «Tomemos un buen cafelito». Quienes sí lo hacen, dicen los profesionales del asunto, son los escandinavos, «en quienes nos deberíamos mirar para estas cosas». Vayamos por partes: lo primero que hay que saber es diferenciar entre café arábica y robusta. Timur Dudkin, formador de catadores y tostadores en el Instituto Nacional del Café, nos lo explica: «La segunda es una especie botánica con el doble de cafeína y de ácidos clorogénicos que le dan un sabor mucho más amargo. Si buscas un café más suave, menos agresivo, de mejor sabor, en definitiva, tienes que elegir arábica».

Dudkin plantea una queja: «Es fundamental que en el paquete del café esté toda la información. Pero tengo comprobado que cuanto más barato, menos información te suelen dar en el empaquetado». Y da un dato alarmante: «Puede poner 100% arábica y que sea mucho menos. El consumidor no tiene capacidad sensorial para detectarlo. ¿Quién va a comprobar esto?». Fructuoso Arranz, experto cafetero, da un dato esclarecedor: «El consumo mundial es un 70% arábica y un 30% robusta. En España es un 50% de cada».

Los especialistas confían en que en unos años la cultura cafetera de los españoles dé un salto y podamos disfrutar más plenamente de este sabroso brebaje.